Sunday, January 04, 2004

News Clippings Archive: Entry 4

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Type of Clipping: Transcript of article
Newspaper: El Mundo (versión online)
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http://www.elmundo.es/elmundo/2004/07/18/espana/1090149287.html


Date: July 19, 2004
Section: España
Writer: JUAN CARLOS DE LA CAL

Archived as follows:

DE CEUTA A IRÁN EN BUSCA DE LOS TALIBANES
Un español en Guantánamo

"Me preguntaban si había visto a Osama" - "Sobre las 8 nos despertaban con "Born in the USA" a toda mecha" - "Un general nos decía que éramos cerdos"

JUAN CARLOS DE LA CAL

CEUTA.- "Yo lo único que quería saber es si lo que contaban de los talibanes era verdad. En aquella época no tenía nada que hacer en Ceuta: sin trabajo, con pocos estudios, musulmán... Sentí que no era una ciudad para mí". EL MUNDO reconstruye con Hamed, el 'talibán' ceutí, su diario de tres años.

“Aquí hay mucha droga, violencia, corrupción. Sobre todo en un barrio pobre como en el que vivimos. Buscaba un modelo alternativo para vivir mi espiritualidad, ser un buen creyente, estar más cerca de Dios. Siempre soñé con estudiar en una madrassa, allá donde el Islam es más auténtico. Por otro lado, no me acababa de creer que esa gente de Afganistán fuese tan mala como decían. Porque un buen musulmán no puede estar metido en guerras...”

Hamed Abderraman Ahmed, Hamido para su familia, tenía 26 años cuando bajó el empinado callejón por el que se llega a su estrecha casa, en el laberíntico centro de la barriada ceutí del Príncipe.Era una soleada mañana de junio de 2001, víspera de San Pedro para los cristianos. Bajó la mirada al despedirse de su enfermo padre. Contuvo las lágrimas cuando besó a su madre. Esbozó una forzada sonrisa cuando acarició las cabezas de algunos de sus sobrinos.

Sólo él sabía que pasaría mucho tiempo sin verles.Los suyos pensaban que, una vez más, se iba a la Península, a Europa quizá, a buscarse la vida, a encontrar lo que en Ceuta el destino le había negado: un buen trabajo, una esperanza para el desheredado, un porvenir lejos de esta frontera. Rezó en su habitación con más fervor que nunca, cerró la cremallera de su bolsa de deportes, se guardó en un bolsillo las casi 100.000 pesetas que había conseguido reunir entre sus ahorros y lo que le prestó uno de sus hermanos, y salió sin mirar atrás.

Tres años y cinco semanas después Hamido recuerda esta escena sentado en la parte trasera del coche que nos lleva hasta Algeciras.Al volante está su cuñado Safar. En el asiento del copiloto viaja su hermana Nadijha, con su pañuelo oscuro y su mirada paciente.Y a sus flancos, el abogado (Marcos García Montes) y este periodista. El vehículo es un viejo BMW negro con los cristales ahumados y sin aire acondicionado.

Se lo prestó a Safar un amigo para este viaje. “Lo está vendiendo, por si te interesa”, me dice, medio en broma, medio en serio, cuando me monto. La familia está cansada. No han parado desde que el miércoles por la tarde el joven saliera por fin en libertad de Alcalá Meco, la última de la media docena de prisiones en las que ha estado durante todo este tiempo.

Tras atender a la prensa de la capital, presentarse en el juzgado, dormir un poco en una pensión barata del centro de la ciudad y rezar en la mezquita de Estrecho, decidieron salir de madrugada por carretera ignorando las invitaciones que les hicieron para viajar en avión. “Necesito airearme un poco, ver paisajes y tener más tiempo de intimidad para hablar de Dios con mi familia”, dijo Hamido cortesmente para justificar su decisión. Se acercaron a Granada para ver a un familiar y durmieron un par de horas en un área de descanso. Nuestro punto de encuentro es el aeropuerto de Málaga.

“Me fui directamente a Madrid. Estuve unos días por allí buscando billetes de avión baratos. Llamé a mi familia diciéndoles que estaba en Londres trabajando para que se tranquilizaran.

Por fin encontré uno de las líneas aéreas iraníes que me costó 64.000 pesetas. Saqué sólo de ida. Era un 4 de julio (Hamido se sorprende cuando le digo que es el día de la fiesta nacional norteamericana).Estaba muy ilusionado porque algo en mi interior me decía que iba a ser la gran aventura de mi vida.

No tenía ningún contacto ni nadie me organizó el viaje. En Ceuta conocí a algunas personas que habían estado en la zona y que me dieron algunos consejos. Nada más. Desde el mismo aeropuerto de Teherán cogí un taxi para la frontera que me costó muy barato: unas 1.500 pesetas por un trayecto de un par de horas, casi como desde Málaga a Algeciras”. Hamido habla todavía en pesetas porque cuando se marchó el euro no existía.

El sol empieza a decaer por el horizonte. Es hora de rezar. Safar para el coche en una estación de servicio. Encuentran a otros viajeros musulmanes con la misma intención. Los hombres acuden al baño para hacer las abluciones y lavarse bien. Sólo toman un poco de agua. Colocan sus alfombras sobre el suelo. Por la sombra de sus cuerpos descubren la orientación hacia La Meca.Hamido, en primera fila, dirige la oración. Diez minutos después acaban. El viaje continúa con el joven más despierto, más tranquilo, y, sobre todo, más locuaz que antes de la parada.

Encuentra la paz en Kandahar

“En la frontera de Irán con Afganistán encontré a dos policías talibanes que sabían árabe. Les conté que quería ir a Kandahar, a pasar un tiempo a un seminario islámico del que me habían hablado y les pedí ayuda para llegar. Me recibieron muy bien. Estaban acostumbrados a recibir extranjeros. Me invitaron a un té y yo compartí con ellos unas galletas españolas que llevaba. Me buscaron plaza en un taxi compartido y después de viajar toda la noche llegamos a la ciudad santa. El coche me dejó a la puerta del seminario.

Es un sitio muy agradable (todavía sigue abierto) y tranquilo, con amplios jardines y espacios abiertos. Me dieron una habitación y me dejaron asistir a las clases. No me pidieron dinero. A cambio de su hospitalidad sólo tenía que ayudar en el jardín cuidando de las flores o en la cocina. Había bastantes extranjeros, sobre todo asiáticos, y la vida allí fue muy apacible“.

Llega el momento de las preguntas incómodas. Aún con la presencia de su solvente abogado, no queremos entrar en juicios de valor.Hamido está especialmente sensibilizado sobre el tema. No olvidamos que estamos ante un hombre que ha sido interrogado cientos de veces por policías, militares y jueces de varias nacionalidades.Y todas las preguntas orientadas a conseguir las mismas respuestas: ¿Luchó con los talibanes? ¿Fue adiestrado en un campo de entrenamiento? ¿Llegó allí a través de alguna organización? ¿Compartió algo más que su vida en la madrassa con guerrilleros islámicos? ¿Qué impresión le causo el defenestrado régimen coránico?

“No, no, no y no. Repito que lo único que quería saber era como se vivía allí. Lo que más me gustó del país era que había mucha seguridad. Nadie puede olvidar que antes de que ellos llegaran era un país sin ley, donde las mafias de la droga y los señores de la guerra vivían secuestrando y matando gente. Ellos, por lo menos, llevaron un poco de orden y paz. Y ahora les añoran”.

- Sí, pero las imágenes de aquellas mujeres embutidas en sus burkas hasta los ojos eran difíciles de asumir...

“Los talibanes ya se han ido y los burkas continúan. Es una tradición medieval que nadie puede eliminar de la noche a la mañana. A mí no me molesta, siempre y cuando lo hagan con plena libertad.Es como lo del pañuelo en nuestras mujeres. En mi familia lo llevan casi todas pero por convencimiento, no por imposición.De todas formas, mi visión del país se limita a mis vivencias en aquel seminario”.

“Todo fue bien hasta el 11 de septiembre. Normalmente cenábamos escuchando las noticias en árabe de un canal de radio que se llama La voz de América. Entonces interrumpieron la emisión para decir que había habido un accidente en las Torres Gemelas al estrellarse un avión contra ellas. Nos llamó un poco la atención pero no le dimos mayor importancia. Allí estábamos demasiado lejos de todo. Apagamos la radio y nos fuimos a dormir”.

“Al dia siguiente, cuando nos conectamos de nuevo comprendimos la dimensión de la tragedia. Empezaron a hablar de Bin Laden, de los talibanes, de Afganistán y de posibles e inmediatas represalias.Por la tarde nos reunieron a todos y nos dijeron que nos teníamos que marchar de allí porque iba a haber guerra y no querían que muriese gente inocente, principalmente extranjeros. Todavía estuvimos una semana recogiendo nuestras cosas, acabando nuestras lecciones y despidiéndonos. Después, en varios coches y con un guía, partimos hacia Jalalabad. Cuando llegamos la gente huía de la ciudad desesperada.”¿Por dónde se sale?" nos preguntaban al vernos llegar. Las bombas caían por todos lados. Vi explosiones apenas a 100 metros de nosotros. Decidimos acampar a las fueras y acordamos que lo mejor era tratar de llegar a pie hasta Pakistán porque en coche íbamos a ser un objetivo fácil para los misiles”.

Huida a Pakistán por las montañas

“Nos pusieron un guía y nos advirtieron que llevásemos poco peso porque la caminata iba a ser dura. Yo dejé todo en el campamento.Sólo cogí mi saco de dormir y un bote de miel. Hice bien porque estuvimos andando cinco días por unas montañas muy empinadas, casi sin nada que comer y por la noche hacía mucho frío. Gracias a Dios, por los pueblos donde pasábamos nos daban por lo menos pan y dátiles. La gente dormía apretándose unos contra otros para darse calor porque no tenían mantas para taparse. Yo fui afortunado”.

“Por fin llegamos a Pakistán a través de las montañas. A lo lejos vimos un pequeño pueblo y el guía nos dijo a los extranjeros que tuviésemos cuidado con lo que hablábamos puesto que éramos los que más peligro corríamos. Al llegar a las primeras casas nos interceptó una patrulla de soldados paquistaníes. Rápidamente se dieron cuenta de que muchos no éramos de la zona. Nos metieron a todos en una especie de cárcel improvisada donde estuvimos varios días. No recuerdo cuantos. Después vinieron unos camiones y a los extranjeros nos trasladaron a Peshawar, donde nos metieron en una cárcel inmunda. Estábamos apiñados y

sólo nos daban de comer agua con lentejas. Estuve con diarrea 24 horas al día.Creo que perdí unos 20 kilos”.

“Era una cárcel colonial, de la época de los ingleses. Hasta los grilletes que nos ponían estaban totalmente oxidados. A principios de noviembre nos entregaron a los americanos. Mis compañeros de viaje no sabían muy bien de dónde era yo. Ninguno fue capaz de ubicar España en el mapa. Y mucho menos Ceuta. Se confundían cuando les decía que era una ciudad española en el norte de Africa.En cambio más o menos les sonaba lo de Al Andalus, porque en la madrassa se hicieron varias referencias a esta región como símbolo de la presencia musulmana en Europa”.

Regreso a Kandahar con los americanos

“El primer interrogatorio fue sencillo: sólo me preguntaron mi nombre, mi nacionalidad y el motivo de mi presencia allí. Luego me separaron en un grupo aparte y nos tuvieron aislados varios días. Lo único que me preguntaron en los siguientes encuentros es si había visto a Osama. Finalmente nos pusieron un capuchón y de malas maneras nos metieron en un avión militar con destino a Kandahar. Cuando vi donde estaba no me lo podía creer: volví a la misma ciudad pero en circunstancias muy distintas. Aquí ya no era un estudiante sino un preso. Allí nos metieron en un campamento al aire libre lleno de alambradas...”

El relato se interrumpe cuando el coche en el que viajamos llega al puerto de Algeciras. Un viaje dentro de otro viaje. Hamido respira hondo el olor de la brisa marina. “El mar. Cuantas ganas tengo de bañarme. Esa es una de las cosas que más he echado de menos estos años. Es lo primero que pienso hacer cuando me dejéis tranquilo”, dice animado al distinguir la costa africana.

En el muelle aparecen las primeras cámaras de televisión. Un aperitivo sobre lo que le espera al llegar a Ceuta. El joven tiene pereza de salir del coche. “No, yo prefiero quedarme aquí.Ir vosotros a tomar algo” dice ante la insistencia de su hermana para estirar las piernas. Finalmente accede. La gente le mira con curiosidad. Algunos pasajeros musulmanes le saludan cordialmente.Conoce a muchos. Su memoria es buena. Nos conduce directos a la cafetería, como si hubiese estado aquí ayer mismo. Con una Coca Cola en la mano, Hamido comienza a contarnos el infierno que sufrió en Guantánamo.

“A principios de año (2002) nos sacaron del campamento. Ese traslado fue terrible. Ibamos atados, encapuchados y nos pegaban mucho.Nos metieron en un avión de carga. Dentro nos vendaron los ojos, nos encadenaron al asiento y nos pusieron una mascarilla como la de los médicos. Quizá pensaban que les íbamos a contagiar algo. No podíamos ni rascarnos”.

Llegada al infierno de Guantánamo

“Un guardia nos dijo que nos llevaban a Cuba. Nada más. El viaje duró 20 horas, sin escalas. Llegamos de día. Lo supe al sentir el calor del sol. Siempre con los ojos vendados, nos subieron a un camión. Veinte minutos después llegamos a la prisión. Cuando me quitaron la venda me encontré en una jaula de dos por dos metros, a pleno sol, con el suelo de grava y en la que sólo había una esterilla, una manta y un cubo vacío”.

“Las jaulas formaban dos hileras, una junto a la otra. Entonces apareció un oficial con un traductor en árabe. Nos dijo que estábamos en territorio americano, en el Campamento Rayos X, y que permaneceríamos allí un tiempo indeterminado. Después nos empezó a amenazar con que cualquier falta de disciplina sería severamente castigada.Dijo que estaba prohibido hablar entre nosotros. Luego se marchó y empezó nuestra lenta agonía”.

“Lo primero que pensé es que a aquel lugar no podía llegar nadie.Que estaba muy lejos de cualquier sitio amigo y me inquietaba lo que pudieran hacer de nosotros. En mi caso, nadie sabía que estaba allí. Si me pasaba algo, nadie se enteraría. Al día siguiente apareció un médico que nos hizo una breve inspección. Luego nos obligaron a tomar cuatro pastillas que me dejaron varias jornadas mareado. Parece que era algo contra la malaria. Por la mañana nos despertaban sobre las ocho con una canción de Bruce Springsteen, Born in the USA, que ponían a toda mecha por los altavoces”.

“Desayunábamos una especie de rancho militar y no podíamos hacer nada más. Un par de veces por semanas nos interrogaban. Ibamos encadenados de pies y manos. Tenía que andar a saltitos y estaba bastante lejos, casi media hora. Los grilletes me desollaban las manos y las piernas. Nos metían en una habitación totalmente cerrada iluminada con un fluorescente. Había una mesa y varias sillas pegadas al suelo”.

“Varios oficiales y hombres de paisano entraban y salían sin cesar. Al principio utilizaron traductores en árabe. Luego me preguntaban hombres con acento sudamericano. Siempre eran las mismas cuestiones: que si conocía a Osama o a alguien de su entorno, que es lo que hacía allí, quienes eran mis contactos, donde había combatido, etc. Así durante dos o tres horas. Me hacían las mismas preguntas de manera diferente. Al final me decían que, si no me mostraba más colaborador, nunca más iba a ver a mi familia”.

“Aparte de estas salidas, sólo nos sacaban de la jaula 15 minutos a la semana, a una especie de pasillo estrecho. El resto del tiempo me lo pasaba dando vueltas por el habitáculo como un mono enjaulado...”

El barco se mueve como una peonza. Hay temporal de Levante en el Estrecho y por los altavoces piden a los pasajeros del Ferry que permanezcamos sentados. Los niños lloran. Algunos se marean.Hamido no se inmuta. Parece como si este balanceo estimulara aún más sus recuerdos. Ya nadie se fija en él. El pasaje está concentrado en la estabilidad de su estómago. Su familia y su abogado escuchan pacientes su relato. Es la primera vez que pueden oír la historia de un tirón, sin muchas interrupciones. A lo lejos, a través de las ventanas empañadas del barco, se distinguen los primeros edificios de Ceuta. Pero Hamido todavía está en Guantánamo...

“Nos cambiaban de jaula con bastante frecuencia. La mía estaba en una esquina. Tenía a un compañero detrás y a otro a la derecha.Conseguíamos comunicarnos en susurros. Al principio los guardias eran muy duros con eso de no hablar. Luego se fueron relajando.Poco a poco algunos de ellos empezaron a relacionarse con nosotros muy discretamente”.

“Uno de ellos, hispano, me dijo que les habían dicho que éramos muy peligrosos y que odiábamos a los americanos. Aunque él me confesó que muchos no teníamos pinta de terroristas. Había algunos que se portaban bien y nos echaban más ración de comida. Pero otros eran muy malos. Especialmente uno, que llevaba el número 94 cosido en sus galones, que era terrible. Pasaba por las jaulas golpeando los barrotes con la porra y gritando todo el tiempo.Si tenías la mano fuera te la machacaba de un golpe. Nos insultaba en todos los idiomas”.

“Por fin , un día un preso se mosqueó y le tiró un vaso de agua a la cara. Lo cogieron entre varios guardias y a golpes le llevaron a una celda de aislamiento. Era igual que nuestras jaulas sólo que completamente cerradas, con una luz encendida las 24 horas del día y el aire acondicionado a toda mecha. Hacía un frío terrible dentro. Luego lo quitaban y te asabas de calor. Le tuvieron una semana allí dentro, en lo que se llamaba La Sección India. A otro que le tiró su orina a la cara del mismo oficial le metieron un mes”.

“Lo que sí mantuvimos intacta durante todo el tiempo fue nuestra fe. Era lo único que no nos podían quitar allí dentro. Rezábamos las cinco veces al día, sobre la toalla, que llevábamos anudada en la cabeza mojada para amortiguar el sol que entraba a través de los barrotes. Cuando nos dejaron hablar, protestamos vivamente.Hicimos incluso una huelga de hambre y, así, conseguimos que a las dos semanas nos dieran a cada uno un Corán. También conseguimos que quitaran esa maldita canción al despertar”.

“En esa época, el general que estaba al mando del campamento solía decir que no éramos seres humanos sino cerdos con un número de expediente. Luego se lo llevaron a Irak y el que vino era mejor persona. Solía pasearse él mismo para comprobar nuestras condiciones de vida y trató de mejorarlas. Fue él quien permitió las visitas más frecuentes de la Cruz Roja, el que hizo que taparan con maderas los techos de las jaulas para que no nos diera más el sol y el que ordenó que las mujeres soldado no estuvieran presentes mientras nos bañábamos, lo que nos ofendía”.

El barco inicia la maniobra de acercamiento al muelle. Alguien comunica por un móvil que hay decenas de periodistas esperando a la salida. Hamido se remueve inquieto en su asiento. “¡Quién me iba a decir esto a mí, que siempre me ha gustado pasar inadvertido! Espero que por lo menos no atosiguen demasiado a mi padre, que es mucho más tímido y, además está enfermo”, asegura ya con cierto nerviosismo. El tiempo corre. La historia continúa...

Trasladado a un campamento mejor

“En abril nos trasladaron al Campamento Delta. En esos movimientos era cuando peor nos trataban. Nos tuvieron varias horas tumbados boca abajo, con la cabeza encapuchada, a pleno sol. Los soldados nos pateaban cada vez que pasaban a nuestro lado. A mí me hirieron en la mejilla. Las celdas allí eran un poco más grandes, tenían baño, pero quedaba menos espacio para andar. Además, la malla era más tupida y no se veía más allá de tres metros. Creo que esa es una de las razones por las que he perdido vista en un ojo”.

- Se habla de que hubo bastantes intentos de suicidio allá dentro.¿Tuviste tentaciones?

“Con esas cosas no se juega. Tuve un fuerte bajón psíquico. Me sentía incapaz de hacer nada. Los médicos me dieron unas pastillas que me dejaban grogui todo el día. Dejé de tomarlas. Gracias a los compañeros conseguí imponerme ciertas rutinas al día que hacía junto con los vecinos de celda: dos horas de aerobic, rezos a la misma hora, canciones, siestas, lectura... Yo salí para adelante. Pero otros no. Recuerdo el caso de un saudí que trató de ahorcarse. Le cogieron a tiempo pero se rompió la médula y se quedó para siempre en silla de ruedas”.

- ¿Es verdad que les dijo a los representantes consulares españoles que cuando le liberaran quería ir a luchar con los chechenos?

“Sí, pero lo dije siguiendo una consigna que funcionaba entre los prisioneros del campamento. Allí pensábamos que como los americanos son enemigos de los rusos, les iba a gustar esa relación”.

“Los últimos meses los pasé en el Campamento 4, lo que allí dentro se llamaba de engorde, porque era donde mandaban a los que se suponía que iban a soltar pronto y tenían que engordarlos para que llegaran a su país con mejor aspecto. Eso me animó mucho.Teníamos dos horas al día de patio. Allí nos juntábamos por grupos étnicos. Yo hice amigos con los europeos: con Ruhel, Omar y Shafir, británicos; con Medhi, un sueco, con Nizar y Mourad, que vivían en Francia. Los asiáticos se juntaban entre ellos porque sólo hablaban pasto y urdu. Incluso comencé a recibir clases de inglés con un hombre muy sabio. Me gustaría seguir ahora que ya se algunas palabras: I need, I feel, I have to... Como ves, cosas muy útiles”.

Hamido tiene coraje todavía para bromear. Viéndole, nadie diría que ha pasado casi tres años en varios infiernos. El último, un purgatorio más bien, en cárceles españolas.

Llegda al purgatorio español

“A principios de febrero vinieron a verme los de la Cruz Roja y me dijeron que en dos días me repatriarían. No me hice muchas ilusiones porque allí había gente a la que le habían dicho lo mismo un año antes y todavía estaban allí. Pero una noche vinieron a buscarme y me llevaron al aeródromo. Al llegar vi un avión con la bandera española y me dio mucha alegría. No os lo podéis imaginar. Sin ningún ceremonial me hicieron firmar un papel en el que ponía algo así como: “Este individuo no representa ningún peligro para el Ejército de los Estados Unidos ni para sus intereses en el mundo”. Después me subieron al avión y me encontré con los policías españoles”.

“Cuando llegué a la cárcel de Soto del Real, en Madrid, aquello me parecía Hollywood. Aunque una cárcel siempre es una cárcel, se estaba infinitamente mejor que en Guantánamo. Luego me trasladaron a Alcalá Meco. En ambas estuve aislado. Tampoco tenía mucho que hacer, pero por lo menos estaba comunicado con el mundo y la comida era muy buena. Me impresionó mucho cuando vi por la tele las torturas en aquella cárcel iraquí. Pensé que a mí me podían haber hecho lo mismo. He salido más gordo que cuando me fui de casa. Ahí pase malos momentos después de los atentados del 11 de marzo. Pero después de aquella masacre, que repudio con toda mi alma, pensé que esa hora no iba a llegar nunca”.

La hora llegó. Los periodistas rodean a Hamido al salir del muelle.Sus vecinos al llegar al barrio. Su familia al llegar a casa.Abderramán padre tiembla por el Parkinson y la emoción. Sodía, la madre, llora en silencio. Su hijo es libre. Puede abrazarlo Pero otros 600 hombres continúan presos, sin nadie que les abrace, en el infierno de Guantánamo...